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Dejar decir es dejar hacer 

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“No hay 30 mil desaparecidos”, afirmó en los últimos días Ricardo López Murphy, precandidato a diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires. “La verdad, es un número difícil de saber con exactitud”, lo avaló María Eugenia Vidal, sin tener en cuenta que la falta de precisión obedece a que la dictadura militar ejerció la represión en forma ilegal, sin entregar “las listas”. “Me permito decir que estos escándalos sexuales solo estuvieron durante los gobiernos de Juan Domingo Perón, Carlos Saúl Menem y Alberto Fernández”, disparó días después con total liviandad el diputado macrista Fernando Iglesias por el solo hecho de que Florencia Peña –como muchos otros hombres, a los que no se cuestionó- se reunió con el presidente. “Estoy orgullosa de toda la lista que me acompaña”, volvió a justificar Vidal cuando se la consultó sobre los dichos de Iglesias, su compañero de lista. Todas estas declaraciones fueron públicas, realizadas en los últimos días ante comunicadores instruidos e informados, que escucharon en silencio, o en el mejor de los casos, esbozaron alguna duda ante tales afirmaciones. No hubo grandes cuestionamientos de quienes se los sabe democráticos y promotores de la igualdad de género. Ningún periodista es responsable de lo que dice un entrevistado, está claro. Ni tampoco debe hacerse cargo del pensamiento de otros. Lo que sí se puede hacer, si no se considera que se “debe”, es cuestionar algunos discursos que carecen de pruebas para sostenerse, que descalifican violentamente a otros, o que niegan el terrorismo de Estado. ¿O acaso todo vale?El debate público está dinamitado en Argentina. No por la perseverancia y pasión con la que se sostienen diferentes posturas. Eso ocurrió siempre. Se puede estar de acuerdo o no con las ideas de unos o de otros. Eso es lo lógico y sano en una democracia. Ni siquiera la constante utilización de chicanas que inunda el ejercicio discursivo -sea entre usuarios de Twitter, legisladores en el Congreso o dirigentes políticos en un estudio de TV- conforman el “gran mal” de esta época. En realidad, la discusión se empantana ante la naturalización de expresiones descalificativas personales, los argumentos ad hominem de los que se valen algunos que de otra manera no podrían destacarse en el ecosistema comunicacional.Sin cambiar el eje de la discusión ni poner en igualdad de condiciones a entrevistado y entrevistador, la cultura del “laissez faire” comunicacional también se debe un replanteo. Los comunicadores somos parte importante del debate público en Argentina. No podemos mirar para otro lado, o hacernos los desentendidos ante expresiones que erosionan la dignidad individual o dañan la convivencia colectiva. Entrevistar es también repreguntar, cuestionar, exigir argumentos, incluso discutir ideas. Somos voz pero también guías, moderadores de los relatos y de sus tonos, de la manera en que circulan en la esfera pública. Tal vez ya no basta con indignarnos ante los dichos negacionistas de ciertos dirigentes. Tampoco con rechazar las expresiones antidemocráticas de algunos. Ni repudiar tardíamente la brutalidad misógina, machista y masturbatoria de la que se ufanan diputados fuera de época. En una de esas, los comunicadores estamos ante la necesidad de aplicar límites lógicos a los discursos que ponen en peligro a la libertad democrática que tanto nos costó construir. Los dirigentes deberán aportar lo suyo, replantearse cuál es su rol en el debate público, discutir la capacidad intelectual de sus precandidatos. Pero los comunicadores no estamos exentos de hacernos cargo de nuestro papel. “Dejar decir, dejar hacer” no parecería ser una opción sana para mejorar la salud del debate. Hay mucho odio dando vuelta. 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/359218-dejar-decir-es-dejar-hacer

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