Diego Armando Maradona, la más maravillosa música

Una vez le pidieron a Duke Ellington que definiera qué es el swing. “Es el momento en el que estás en el aire cuando saltás para subirte al tranvía”, respondió. Hay un momento en el gol contra Inglaterra en el que el Diego Maradona está en el aire.

Es justo después de que Víctor Hugo dice “Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial”. El 10 da una zancada, sus botines no tocan el pasto. Y cae justo para puntear la pelota con el pie izquierdo y esquivar al rival número mil.

El swing es un engaño, un robo al tiempo. Una nota dura apenas un poco más de lo que se supone y la que le sigue apenas un poco menos. Es imposible de anotar en la partitura, es una onda que se adquiere en la práctica, en la calle. Justo después de ese saltito, cuando Maradona cae al piso, a tierra, Víctor Hugo cae en el engaño. Y en ese relato perfecto, quiere anticipar al más imprevisible de todos. “Y deja el tendal y va a tocar para Burruchaga”, dice. Maradona jamás toca para Burruchaga. Maradona va en camino a hacer la jugada más espectacular que se hará alguna vez sobre una cancha de fútbol.

Entre “tocar con swing” y “tocar la pelota” hay una conexión que solo es posible por Maradona. Un engaño permanente. Robarle tiempo al tiempo, suspenderse en el aire, esa fantasía imposible.

Si Diego fue (y qué difícil hablar en pasado cuando pérdida y existencia están ahí, pasándose la posta todavía) un artista, fue un bailarín. Pista de baile y potrero, como lugares donde todo es posible. Donde no importa nada más que el disfrute, el goce, la exaltación individual en un marco colectivo. Donde género, clase social, raza y poder se recombinan, se tensan, se disuelven y se resignifican.

El video de Diego en su calentamiento/baile en 1989 con “Live Is Life”, de Opus, de fondo es un videoclip perfecto. Los botines desatados (“para no perder sensibilidad”, decía él), el movimiento de pelvis (¿Elvis?), la pelota en el aire impulsada por los estiletazos de su zurda, su cabeza, sus muslos (ESOS MUSLOS) y hasta sus hombros. Para Maradona, el fútbol era una experiencia de cuerpo completo (sí, la mano también, claro). “Cuando todos damos lo mejor / Cada minuto de una hora / No pensás en descansar / Vivir es vida“, explota esa canción que parece ser puro estribillo, puro clímax, con una guitarra a contratiempo, una especie de ska con pulso pop. Y Diego baila, juega. El artista pop más popular del siglo XX.

Otro momento de Diego bailando. Mucho más acá en el tiempo. Una cena con amigos y toda la mesa cantando “No Woman, No Cry”. Para el estribillo, el 10 se para en la silla, la convierte en un paraavalanchas. Hay copas de cristal y manteles blancos. Diego se siente en una tribuna agitando el tema de Bob Marley y colando unos “Vamos” de arenga entre cada verso. Para la estrofa, que solo canta el negro sentado en la cabecera, Diego cambia de mood. Ahora se contonea sensual. Otra vez la pelvis como centro de su eje.

Maradona siempre se movió con swing. Hacía eso que nadie esperaba, eso que se creía imposible en un tiempo y espacio dados. Cuando él tenía la pelota, tiempo y espacio se contraían y estiraban a su antojo. Se dice que el Ballet es un arte combinada justamente porque se desarrolla en tiempo y espacio (a diferencia de la Música, que es solo tiempo, y de la Pintura, que es solo espacio, por ejemplo). Y Diego bailaba y los bailaba, como nadie.

Flotaba en el aire, con swing, robando un poco de tiempo por acá y dando otro poco de tiempo por allá. Maradona fue la encarnación de lo imposible.

“A veces uno se pregunta si la gente me seguirá queriendo”, dijo Maradona en su última entrevista. Nada más imposible de definir que ese significante vacío que es “la gente”. Nada más posible de afirmar que sí, Diego, te seguiremos queriendo. Hasta el fin de los tiempos. Para que vuelvas a robarlo cuando quieras.

Fuente: https://silencio.com.ar/etc/in-memoriam/diego-armando-maradona-la-mas-maravillosa-musica-49990/