COLUMNA DE SARAH GONZÁLEZ EN CÓDIGO DE ROCK

La Rioja invita a descubrir el vino como experiencia: turismo, paisaje y cultura vitivinícola.

En su habitual columna en el programa Código de Rock, Sarah González compartió una mirada profunda sobre la vitivinicultura y el turismo en la provincia de La Rioja, destacando cómo el vino puede convertirse en una experiencia sensorial que va mucho más allá de simplemente beber una copa.

Durante la charla, González subrayó que la provincia ofrece propuestas turísticas cada vez más variadas vinculadas al mundo del vino, especialmente en localidades como Chilecito, donde en fechas especiales —como Semana Santa— se organizan actividades para visitantes que buscan conocer la cultura vitivinícola desde otro enfoque.

Entre las experiencias mencionadas se encuentran catas guiadas que ponen el foco en la percepción sensorial y en el entorno. Según explicó, el vino no se disfruta de la misma manera en cualquier contexto: abrir una botella bajo una parra típica riojana, en un patio de adobe y rodeado de naturaleza, genera una experiencia completamente distinta a hacerlo en una mesa urbana. El ambiente, la música, el paisaje y las personas que comparten el momento influyen directamente en cómo se perciben los aromas, sabores y sensaciones.
González señaló que parte del desafío actual de la comunicación del vino es recuperar su dimensión cultural e histórica.

“El vino es una bebida ancestral, con historia, con guarda y con una relación directa con la tierra”, explicó. En ese sentido, destacó la importancia de conocer también el detrás de escena de la industria: las bodegas, los procesos de producción y las características del terroir que influyen en cada etiqueta.

La Rioja, sostuvo, ofrece múltiples propuestas dentro de una misma región vitivinícola. Diferentes bodegas trabajan sobre una misma tierra, pero con enfoques y relatos propios que enriquecen la experiencia del visitante y permiten comprender mejor el origen de cada vino.

Uno de los ejemplos que mencionó fue la bodega ubicada en la zona de Chañarmuyo, un pequeño poblado a unos 300 kilómetros de la capital riojana. El recorrido hacia ese lugar atraviesa paisajes montañosos y culmina junto al dique de la localidad, un entorno que, según describió, puede recordar a escenarios patagónicos o incluso europeos.

La particularidad de esa región es su altura: alrededor de mil metros sobre el nivel del mar. Estas condiciones generan características únicas en el ambiente —presión atmosférica diferente, vientos propios de la zona y un clima particular— que influyen directamente en la producción de la vid. Los vinos de altura, explicó González, desarrollan perfiles aromáticos, cuerpo y personalidad distintivos que los diferencian de los vinos producidos en zonas más tradicionales o de mayor escala industrial.

Así, la vitivinicultura riojana se presenta no solo como una actividad productiva, sino también como una puerta de entrada al turismo cultural y natural de la provincia.

Entre paisajes de montaña, rutas escénicas y bodegas con identidad propia, la propuesta invita a redescubrir el vino como parte de una experiencia integral que combina historia, geografía y sentidos.

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